El límite de la domótica: por qué la neuroarquitectura advierte contra el exceso de tecnología en el hogar

La inteligencia artificial y los sistemas domóticos tienen la capacidad de gestionar la climatización, regular la iluminación y anticiparse a los hábitos cotidianos. Sin embargo, María Gil, directora de la Academia Española de Neurociencias para la Arquitectura y Diseño (AENAD), sostiene que dicha innovación debe responder estrictamente a las necesidades de los habitantes y no a la simple tentación de automatizar cada rincón del domicilio.

Gil expuso esta postura durante una mesa redonda centrada en la eficiencia energética y el hogar inteligente, llevada a cabo en el marco del V Observatorio de los ODS en CaixaForum Madrid. En el debate también participaron Alberto Quijano Alonso, director general de Medio Ambiente y Cambio Climático del Gobierno de Cantabria, y Jerónimo Escalera Gómez, gerente de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo de Madrid.

El bienestar no depende de acumular sensores

Durante su intervención, la especialista resumió su visión con una frase contundente: “El bienestar está en que podamos vivir como humanos y que no nos obliguen a vivir como máquinas”. Según Gil, el verdadero confort está ligado al descanso, la movilidad, las interacciones sociales y la conexión con el entorno natural, aspectos que la tecnología puede asistir pero jamás definir por completo.

Esta perspectiva influye en decisiones arquitectónicas fundamentales. Aunque un termostato inteligente o un sensor de presencia ayudan a optimizar el gasto energético, ninguna tecnología soluciona una deficiente iluminación natural, una mala distribución espacial o problemas graves de aislamiento térmico. Además, los sistemas automatizados deben ser transparentes: si una casa actúa por cuenta propia, es imprescindible que el usuario comprenda el motivo detrás de cada acción sin tener que navegar por múltiples aplicaciones.

El diseño arquitectónico como base principal

La propuesta de la neuroarquitecta prioriza el desarrollo de viviendas pasivas, es decir, inmuebles cuyo diseño disminuya de forma natural la necesidad de recurrir a sistemas artificiales de calefacción, refrigeración o iluminación. Elementos como la orientación del edificio, el aislamiento, la protección solar y una correcta ventilación ofrecen ventajas permanentes que no dependen de la nube ni de actualizaciones de software.

La automatización debe cumplir un rol complementario, ajustando persianas o climatización cuando sea necesario, pero nunca compensando fallos estructurales de construcción. Asimismo, Gil cuestionó la idea de un confort estandarizado que ignore la actividad cotidiana de las personas, abogando por un modelo donde primero se analicen las necesidades humanas y se evalúe qué puede resolver el espacio antes de incorporar dispositivos tecnológicos.

Utilidad concreta frente a la fatiga tecnológica

La postura de María Gil no rechaza la inteligencia artificial, sino su uso indiscriminado como solución universal que encarece el hogar. Una función inteligente adquiere verdadero valor cuando reduce el consumo, facilita la accesibilidad o elimina tareas repetitivas sin generar una dependencia excesiva. En contraste, una excesiva digitalización puede generar frustración cuando un corte de internet o el cierre de un servicio inutilizan elementos básicos como una persiana.

Jerónimo Escalera trasladó el debate al ámbito de la vivienda pública en Madrid, destacando que cualquier inversión tecnológica debe mejorar de manera tangible la calidad de vida de los inquilinos sin restar presupuesto a aspectos prioritarios como el aislamiento o la accesibilidad. Por su parte, Alberto Quijano enfatizó las dificultades de la rehabilitación en edificios antiguos, donde las restricciones presupuestarias y estructurales obligan a seleccionar con sumo cuidado cada intervención para evitar ampliar la desigualdad social.